Si os toca un día nublado, no lo lamentéis. Un cielo cubierto es un difusor del tamaño del cielo: reparte la luz sobre todos los invitados a la vez y quita las sombras duras bajo los ojos que da el sol de mediodía. Con sol directo hay que elegir entre ver la cara de alguien o ver el paisaje; con nubes altas no hay que elegir. Esta ceremonia fue así, al aire libre y con el mar detrás.
Si el vestido lleva pedrería o lentejuelas, decídselo a quien os fotografíe. Un tejido que devuelve cada punto de luz se quema entero si se expone pensando en la piel, y ese detalle no se recupera después. Se mide sobre el vestido y se levanta la sombra al revelar. Es una decisión que se toma en el momento, no en el ordenador.
Y una que no es técnica. Cuando en una boda se juntan dos familias que vienen de sitios distintos, lo que merece la pena fotografiar casi nunca son los novios: es la fila de atrás reaccionando a la vez a la misma frase. Eso no se coloca ni se pide. O se está preparado, o se pierde.








































































































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Segunda cámara: Adriana B. Parte de las fotos de esta galería son suyas.
